¿Por qué Jesús tuvo que morir?

La crucifixión de Jesús generalmente se reconoce como un acontecimiento crucial en la historia de la humanidad. Pero, ¿por qué Jesús tuvo que morir? Tuvo una vida perfecta aquí en la tierra y una conducta irreprochable. Habló palabras de sabiduría y gracia, ministró y se ocupó de todo tipo de personas ¿Acaso no era suficiente que Su vida sirviera como nuestro modelo? ¿Por qué Jesús tuvo que morir en la cruz?

El problema del pecado

Nuestro Dios tenía una intención al crear a la humanidad. Su intención era entrar y vivir en nosotros. Al vivir en nosotros, Él puede expresarse a través de nosotros. Sin embargo, Satanás, el enemigo de Dios, tentó a Adán en el huerto de Edén. En vez de recibir la vida de Dios, Adán recibió la naturaleza maligna de pecado, contaminando así a sus descendientes. De esta manera, el pecado corrompió a los seres humanos que Dios había creado para Su propósito.

Sin excepción, cada uno de nosotros heredamos el pecado de Adán. En Romanos 5:12 el apóstol Pablo escribió: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por medio de un hombre [Adán], y por medio del pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”.

Todos pecaron. ¿Alguno entre nosotros puede decir que no ha cometido algo pecaminoso o malo? Nuestros pecados y naturaleza pecaminosa forman parte de nosotros desde nuestro nacimiento, los cuales heredamos de Adán. No tuvimos otra alternativa en este asunto. No sólo eso, como también podemos ver en el versículo anterior, el pecado trajo un resultado final: la muerte.

Romanos 6:23 dice claramente: “porque la paga del pecado es muerte”.

Esta muerte es la muerte física de nuestro cuerpo, la muerte de nuestro espíritu que fue creado para contener y contactar a Dios, y finalmente, la muerte eterna de nuestro ser entero en el lago de fuego. La muerte es el resultado, la paga del pecado. Es el juicio de Dios sobre nosotros por el pecado.

Aunque Dios ama a la humanidad, Él no puede actuar en contra de Su propia justicia. Dios no tuvo opción sino condenar al hombre pecaminoso, y la sentencia es la muerte. Su justicia y santidad demandan la justicia sobre el pecado.

El justo requisito de Dios

Debido a que la paga del pecado es muerte, el juicio justo de la muerte debe de llevarse a cabo. A no ser que el pecador sea perdonado, el pecador debe morir. No obstante, el perdón de pecados no se puede adquirir por cualquier obra que uno lleve a cabo o cualquier mérito que uno pueda lograr delante de Dios. ¿Cómo podrían personas pecaminosas producir algo que esté al estándar de la justicia y santidad de Dios? Esto es imposible.

Hebreos 9:22 nos dice la manera única en que se puede obtener el perdón:

“Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no hay perdón”.

La justicia de Dios requiere el derramamiento de sangre para el perdón de pecados.

Cristo nuestro sustituto

Aunque la humanidad se contaminó por el elemento maligno del pecado, nada pudo impedir que Dios cumpliera el deseo de Su corazón de estar unido con nosotros. Sin embargo, Dios no podía pasar por alto el pecado y seguir siendo justo, y nosotros tener una deuda de pecado que nunca podríamos pagar. Así que para llevar a cabo Su plan, Él proveyó una manera para redimirnos. Dios tomó pasos increíbles para que nosotros fuéramos salvos eterna y absolutamente.

Para morir en nuestro lugar en la cruz, Dios mismo llegó a ser un hombre de carne y sangre, Jesucristo. Mientras Jesús colgaba en la cruz, Él cargó con los pecados de toda la humanidad. ¡Él los llevó todos! Mediante Su muerte, Él pagó la pena completa por nuestros pecados. El derramamiento de Su sangre satisfizo por completo el requisito justo de Dios y obtuvo la redención eterna para nosotros.

Considere cuánto la sangre derramada de Jesús ha hecho por nosotros:

Mateo 26:28—justo antes de Su crucificción, el Señor Jesús claramente les dijo a Sus discípulos que Su sangre “por muchos es derramada para perdón de pecados”.

1 Pedro 1:18-19—fuimos redimidos, no con cosas corruptibles, como oro o plata “sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero sin defecto y sin mancha”.

Apocalipsis 1:5—Jesucristo “nos liberó de nuestros pecados con Su sangre”.

¡Cuán preciosa es la sangre de Jesús que derramó sobre nosotros! Fue derramada para el perdón de nuestros pecados, nos redime y libera de nuestros pecados. ¡Alabado sea el Señor!

El perdón y algo más

Juan 3:16 un versículo con el cual la mayoría estamos familiarizados nos dice:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no perezca, mas tenga vida eterna”.

Nuestro amor por Dios descubrió una manera justa para que esta palabra maravillosa se lleve a cabo. Cuando creemos en el Hijo de Dios, recibimos el perdón de pecados. Dios acepta la muerte de Jesús como si fuera la nuestra y somos libres de la muerte, de la pena de pecado. Y aún hay más, nacimos de nuevo con la vida eterna. Dios entró en nosotros para ser uno con nosotros, ser nuestra vida y vivir en nosotros a fin de que le expresemos a través de nuestro ser.

Debido a que Jesús murió por nosotros, fuimos salvos del juicio eterno, limpiados de la contaminación del pecado, reconciliados con Dios y traídos de nuevo al propósito original de Dios. Nada, más que Su muerte podía cumplir con una de estas maravillosas proezas.

¿Por qué Jesús tuvo que morir en la cruz?

En 1 Pedro 2:24 podemos ver por qué Jesús tuvo que morir:

Quien llevó Él mismo nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, a fin de que nosotros, habiendo muerto a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”.

¿Por qué Jesús tuvo que morir? lo hizo para que viviéramos.

Después de que Cristo muriera por nosotros, Él no permaneció en la tumba; Él resucitó. Fue por medio de la muerte sustitutiva de Cristo por nosotros que nuestro deuda de pecado fue saldada. Ahora, en la resurrección de Cristo, nosotros los que una vez habíamos estado sentenciados a morir, ¡podemos vivir con la vida de Dios!

“Señor Jesús, yo sólo merezco el juicio de Dios, pero Señor, ¡Tú moriste en la cruz por mi! Gracias por pagar la pena por mis pecados con Tu propia sangre preciosa. Gracias por ser mi sustituto. Oh Señor, gracias por derramar Tu propia sangre preciosa para que yo pudiera obtener el perdón de pecados. Y gracias Señor por entrar a vivir en mi ser como mi vida. Gracias Señor Jesús que ¡moriste para que yo pudiera vivir! Te amo, Señor Jesús. Apreció todo lo que Tu hiciste por mi en la cruz”.

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